jueves, 18 de abril de 2013

Crónica: El arribo del nahual.



Llegué con toda tranquilidad a la Estación Central, desde donde abordo el tercer y último bus que me lleva a casa. Caminé y caminé hasta el último sitio de la cola para tomar el Alimentador, que así se llama el bus, y esperé a que avanzara. Después de dos buses que resultaba imposible abordar, pues aún me encontraba muy detrás, llegó un tercero en el cual aún no tenía opción de ir sentada. No lo pensé mucho; aunque no sentía prisa ya llevaba demasiado tiempo en ruta como para seguir esperando, así que abordé ese Alimentador. Bajé en mi paradero como siempre, sin apuro, mas al llegar a la esquina donde giro hacia mi calle me asaltó el recuerdo de lo que me esperaba en casa. Fue un instante donde se confundieron el regocijo prematuro con el temor expectante. De la foto que recibí no recordaba el collar en sí, pues todo lo que había quedado en mi memoria era la bolsita de tejido típico que lo contenía. Sin embargo, ya sabía que se trataba de una piedra, y a veces las piedras traen sorpresas. Una vez en una feria, por ejemplo, me picó una; sentí una pequeña descarga o un piquete cuando intenté cogerla así que la dejé. En otra ocasión descubrí que le tenía un miedo infinito a una que me trajeron de un viaje y no deseaba tenerla cerca; lo solucioné cubriéndola con un paño y encerrándola en una caja.

Ingresé a mi casa y pregunté por mi sobre. -Está sobre la plancha -, me dijeron. Lo recogí y me dirigí a mi habitación. Tan solo entrar pensé que debía encender una vela, y ya que iba a encender una vela encendería un incienso también. Encendí ambos, y me dispuse a prestarle atención al sobre. Revisé la portada que ya ha había visto por foto, y le di un vistazo a la contraportada donde decía: "Collar. Carta". Entonces comprendí que no solo sería el obsequio sino que podría leer una misiva. Al menos eso creí, hasta que después de sacar las múltiples grapas que aseguraban el contenido, encontré que la carta tenía un mellizo. Saqué las cartas y la bolsita que contenía el collar. Había sido muy largo el trayecto de llegar a casa, armonizar el ambiente de mi habitación, y desgrapar el sobre, así que procedí sin mayor demora a verter el contenido de la bolsita. Encontré lo que parecía ser un huevo, esto trajo a mi memoria antiguos empaques míos, cuando toda precaución era poca con tal de preservar el objeto que deseaba trasladar; es una costumbre que he perdido con el tiempo, pero desenvolver el empaque del collar me hizo pensar que en otra época, yo misma podría haberlo hecho tal cual lo recibía.

Ahí estaba, mi nahual. Amplia sonrisa. Podría asegurar que el brillo que reflejaba la piedra procedían del brillo que mis ojos debían emanar en ese instante. La espera había llegado a su fin. Me lo puse. Recordé que debía hacerle una pregunta, pero creo que en ese momento sólo podía escuchar el eco de mis propios pensamientos, así que no conseguí saber si la piedra me había respondido. Leí las cartas. Entonces comencé a reír. No podía ser de otro modo, estaba feliz, y aquello que había sido escrito era tan inesperado como divertido. Algunas frases resultaban familiares de tiempo atrás, otras habían sido repetidas hace poco. Mi mente, acostumbrada a analizar y a sacar conclusiones, no conseguía enfocarse mientras todo mi espíritu rebosaba de júbilo. Sin embargo, hubo un momento en que después de la primera lectura, o quizás después de la segunda, se detuvo a contemplar las formas. -¡Ni por dónde comenzar! -pensé. Desde mi interior había surgido la antigua costumbre de contemplar la escritura procurando desentrañar los misterios de la mente. Grafología le llaman, es una disciplina que me hubiese gustado aprender, como tantas otras cosas.

Lo contemplé frente al espejo. Le sonreí al nahual, y le sonreí al que me lo había enviado. -¿No me vas a decir? -le pregunté a la piedra, queriendo saber qué palabras podía haber escuchado antes de partir en mi búsqueda. -No importa -pensé-, debió ser algo bueno. Algo tan bueno como lo que estoy sintiendo. Y reí nuevamente, mientras procedía a apagar la vela que no debía quedar encendida en mi ausencia. Dejé mi habitación y recorrí mi casa mostrándole mi collar a quien quisiera verlo. Todos quisieron verlo, y todos asintieron, afirmando que lo encontraban bonito, delicado. Les expliqué su significado, que mi nahual era B'atz', como aparece inscrito detrás, y que pertenece a algo así como un horóscopo maya.

Antes de terminar la noche agradecí el obsequio por escrito, y cuando me fui a dormir aún sonreía como si recién hubiese descubierto la piedra, pendiente en un collar, de jade, con la imagen de B'atz', el mono, según mi fecha de nacimiento, que representa mi número, enviado por el hombre más peculiar y entrañable que la suerte podía haberme hecho conocer.

(Foto: B.R.)

miércoles, 16 de mayo de 2012

Anécdota de una amiga en la combi


Ser alta y delgada no es precisamente la llave de la felicidad; sin embargo, si nos cruzamos por la calle con una persona de esas características y otra no, ¿a quién envidiaremos su suerte?


Una amiga mía se dirigía a trabajar temprano en la mañana. Iba en una combi y en una parada una mujer, de tez morena que cargaba un par de gemelos en su canguro, se acercó a vender chocolates. Cuando la combi arrancó, la única persona que no colaboró con la vendedora hizo el siguiente comentario: "Esas mujeres valen una gran celebración, valen la pena! Pero hay otras vagas que no se merecen nada y les dan todo!". Con sorpresa, mi amiga observó que todas las miradas se dirigieron hacia ella. 


Ella, que desde la época del colegio destacaba por su buena apariencia y contagiosa alegría, no ha hecho sino añadir estilo y buen gusto a ese precioso carácter y lucidez de entendimiento con el que fue bien dotada.


Siguiendo el primer comentario y las miradas acusadoras, una mujer más joven comenzó a burlarse. Mi amiga, indignada por el escenario en el que se había visto envuelta, decidió darles un escarmiento y hacerse respetar. ¿Se refiere a mí señora?  -le dijo -Si usted me ve regia no quiere decir que soy vaga. Hoy me levanté temprano, cociné, mi mano aún huele a cebolla picada; y ahora no me voy de vaga, voy a trabajar. Tengo una tienda, soy diseñadora y tengo dos hijos en la universidad, por eso no puedo darme el lujo de descansar. El hecho de estar bien bañada y peinada no quiere decir que la gente es vaga. Es mucha ignorancia de su parte hacer una apreciación de alguien a quien no conoce!... ¿Por el simple hecho de vernos bien? Estoy segura que ese comentario no se lo haría a un varón bien elegante; dirían: "Qué hombre para más hermoso". Mientras que a una mujer de vanguardia si se le puede decir vaga.


Demás está decir que después de ese discurso el carro quedó en completo silencio y todos extraviaron sus miradas, incluyendo a la que había hablado en primer lugar.

sábado, 28 de abril de 2012

EL-La (II)

Cuando llegó el tiempo de regresar El-La renació en un par de mellizos, y siendo aún pequeños dieron claras muestras de la oposición de sus temperamentos. Mientras uno conservaba la inocencia y arrojo tan propios de El-La en su origen, el otro parecía haber surgido del momento último de su vida y el temor haber quedado impreso en su mirada. Aún mas, cuando aquél miedo se tornaba extremo, surgía de él un profundo sentimiento de sobrevivencia que desencadenaba en furia y destrucción. Así, mientras uno creció acogiendo la vida con alegría y confianza, el otro se tornó huraño y solitario. Ambos murieron jóvenes.

La siguiente vez que El-La renació, cada par de su alma tomó caminos diferentes y nunca se encontraron. En cada renacer, experimentaron diferentes aspectos de la vida y, sin importar cuáles fueran sus experiencias, el uno parecía seguir fácilmente el camino de la luz mientras el otro se hundía irremediablemente en el camino de las sombras. Nación, estatus social, educación, religión, o sexo podían intercambiarse en sus vidas, sin embargo en el recuento final de su existencia uno se presentaría apacible, curioso, alegre, compasivo, afable; y el otro (o la otra) crecería desconfiado, temeroso, irascible, cruel, amargado.


Una tras otra se sucedían sus vidas y fueran éstas cortas o largas nunca alcanzaban a llenar el vacío que los consumía en su interior. Así llevaran una vida solitaria de virtud o depravación, así compartieran sus días en familia o sociedad, sabían que estaban incompletos; sentían en su interior la necesidad de reencontrarse para consumar su destino y cerrar el círculo de su existencia volviendo al origen.

En el principio de los tiempos El-La es una mujer.

viernes, 27 de abril de 2012

El-La (I)


En el principio de los tiempos El-La era un hombre. Bendecido entre benditos, su vida transcurría entre sus correrías solitarias en las afueras de la aldea y la ayuda que brindaba en ella cuando era requerido. El-La disfrutaba la vida; era alegre como un niño y audaz como un guerrero. Su permanencia en el interior de la aldea habría quizás perturbado el pacífico ambiente al que estaban acostumbrados sus habitantes, pero cómo vivía apartado el pueblo aceptaba de buena gana sus incursiones, acompañadas a menudo de travesuras u observaciones que nadie más entendía o le preocupaba entender. Lo amaban.

Despuntaba el amanecer cuando El-La sintió angustia por primera vez en su vida y con el corazón apesadumbrado dirigió su mirada hacia lo lejos, hacia donde estaba su aldea. El-La no lo pensó siquiera y a toda prisa emprendió el regreso con aquella sensación creciendo en su interior, otro sentimiento que jamás había experimentado: el temor.

Ya no había nada qué hacer. Cuando El-la llegó a su aldea, ésta ya había sido devastada. El dolor que sintió al presenciar el desastre fue ahogado por la ira que surgió poco después. Apenas comprendió quiénes habían llevado a cabo la matanza, su naturaleza primaria ignorante hasta ese momento de la crueldad humana, se tornó en locura. El-La murió.



viernes, 30 de marzo de 2012

El Bar.

Lo vio cruzar el pasillo y deseó que siguiera adelante. Karina aún tenía sus dudas respecto al último encuentro a la hora del almuerzo, casual según él, en aquél apartado restaurante que ella solía frecuentar. Cuando él ingresó a la oficina y saludó primero a Rocío, la amiga que los había presentado, Karina contuvo la respiración por un momento; un antiguo hábito para los momentos en que deseaba hacerse invisible.

-¡Hola Karina!, la saludó Miguel acercándose.
-Hola, le respondió ella procurando no hacer mucho contacto visual.
-¿Cómo va el trabajo?
-Ya sabes, este mes es complicado.
-Claro... Y ¿qué planes para mañana?

-¡Diablos! -pensó Karina -Una pregunta directa ¿Por qué no se me ocurrió planear algo para mañana?

-¿Planes? -respondió ella, a la espera de que él recordara súbitamente que tenía algún trabajo importante por hacer y se alejara.
-Sí, mañana, viernes, fin de semana... Cuando tienes tanto trabajo necesitas relajarte.
-¡Ah! Bueno, voy a relajarme mucho en casa. Ha sido demasiado estrés esta semana como para ir haciendo planes, agregó Karina bajando un poco la mirada y removiendo un par de papeles en su escritorio.

Miguel la miró, sonriendo.

-Te propongo algo mejor. ¿Conoces el Bar Munich? Es aquí cerca y el ambiente es bueno. ¡Vamos mañana!

Karina también sonrió, relajada. ¿Había mencionado el Munich? Sabía que ya no necesitaba inventar excusas ni procurar ser diplomática para no salir con aquél chico que parecía tan empeñado en frecuentar su oficina. Esa reunión no se concretaría.

La historia de la "maldición" había comenzado muchos años atrás. La tarde en que, caminando por el centro de Lima, Carlos y ella pasaron por la entrada del bar.

-Éste lugar es precioso –le había dicho, mencionando además que había ido con su enamorada -Cuando tengas enamorado dile que te traiga aquí.
-Entonces nunca voy a entrar a ese lugar, le había respondido ella, riendo.
-No debes hablar así, aún eres muy joven.
-Y siempre lo voy a ser porque no pienso vivir mucho, continuó ella.

Karina había repetido esas frases muchas veces durante aquella etapa. Estaba bastante segura acerca de cómo sería su vida, o al menos de lo que estaba dispuesta a enfrentar. Cargar con la responsabilidad de una relación de pareja o vivir hasta ser anciana no estaba en sus planes.

Un par de años más tarde, con un grupo de practicantes, surgió nuevamente la idea de una reunión en aquél bar. Uno del grupo cumplía años y Karina sugirió el Munich, curiosa por conocer el lugar que años atrás le habían mencionado; sin embargo, Luis estuvo en contra. Finalmente el grupo desistió de ir al Munich, pero ni aún así Luis llegó a presentarse el día de la reunión pues su padrino había fallecido y debía asistir al velorio.

Algunos años después Karina volvió a intentarlo. Un par de amigos la requerían como una especie de testigo o árbitro para un segundo encuentro en una disputa de menor importancia, que más bien podía considerarse un pretexto para un fin de semana alcohólico. El perdedor del primer encuentro declaró su inconformidad con el bar como punto de reunión, por maloliente y añejo, según dijo, y al final el encuentro revanchista tampoco se llegó a dar por lo cual el ganador original nunca perdió su título de vencedor.

La siguiente vez no fue Karina la que sugirió ir al Bar Munich, pues hacía tiempo que había olvidado aquél lugar. Su compañera de trabajo Rocío, por otro lado, lo frecuentaba con regularidad y era probable que hubiese ido con Miguel así como había ido con Jano, el amigo de la oficina dos pisos arriba que le había presentado anteriormente. En una conversación Rocío le había sugerido a Jano ir al Bar Munich por algo de "medicina" y, estando Karina presente, la había incluido en la propuesta. La invitación motivó una mención por parte de Karina acerca como nunca había logrado ingresar a aquél lugar. Sus amigos rieron y le animaron. "El año recién empieza", le dijeron. "Si no se puede a la primera, seguimos intentando y así hasta lograrlo", agregaron entre risas. El primer fin de semana propuesto resultó que Karina no lo tenía disponible; para el siguiente fue Rocío quién tenía pactado un compromiso; un mes después volvieron sobre el tema y acordaron una nueva fecha bajo la condición que todos estuvieran libres de exceso de trabajo, sino volverían a intentarlo la semana siguiente. Sin embargo, un día antes del encuentro programado, Rocío fue la portadora de una noticia.

-¿Ya supiste?
-¿Supe qué?
-Jano volvió con su ex.
-Ah... ¿Y eso significa...?
-Que no está disponible mañana. 
-....
-La verdad es que tengo mucho trabajo y tú también.
-Sí, es cierto.

Karina despertó de su ensueño de cinco segundos y se dio cuenta que había estado sonriéndole a Miguel todo ese tiempo mientras recordaba su historia con el bar.

-Resulta que no puedo ir a ese lugar. Mi religión me lo prohíbe, le dijo, haciendo un mohín.
-Bueno, entonces vayamos al cine. Haz caridad con ésta pobre alma que hace años no pisa una sala de cine.

Karina pensó que eso ya era demasiado teatro. Por otro lado, hacía tiempo que tampoco iba al cine, y esa era una de sus pasiones más antiguas. El almuerzo con él tampoco había sido desagradable, solo le molestaba que rondara demasiado cuando no estaba dispuesta a atender pretensiones. Reflexionó un momento y se dijo a sí misma que quizás era demasiada vanidad suya imaginar que Miguel tuviera pretensiones. Y, después de todo, el cine era el lugar más neutral que conocía desde siempre para ir con amigos que sólo serían amigos.

-Hace tiempo que tampoco voy al cine. Ni siquiera tengo idea de lo que esté en cartelera.
-Me han dicho que hay varias buenas así que seguro podemos elegir alguna para ver. ¿Te busco mañana a la salida?
-Está bien. Aunque quizás me demore. Mejor te aviso mañana a la hora que voy saliendo y vemos dónde nos reunimos.
-Perfecto. Hasta mañana entonces.
-Ajá.

Karina lo vio alejarse, y se preparó para el interrogatorio y comentarios de Rocío que se encontraba a unos pasos. Aunque su amiga no hubiese escuchado todo lo que hablaron, seguro tendría varias cosas que decir al respecto.

martes, 7 de febrero de 2012

Llovizna.


Diez de la noche. La llovizna ha sido más persistente de lo que se podría pensar en ésta época. Se forman charcos en la vereda que da a mi cuarto. Una escoba me ayuda a solucionar parcialmente el problema. Si la lluvia continúa no bastará con barrer el agua hacia el patio.

Once de la noche. En el patio hay cajas sobre cajas de cartón que están completamente empapadas. No importa demasiado; ya estarán secas para cuando les toque ir a donación. El pequeño almacén en una esquina es el verdadero problema. Si el agua entra por debajo de la puerta será dificil de limpiar, y algunas otras cosas al ras del suelo podrían malograrse. Además no es saludable que se formen charcos de agua donde no se evaporarán fácilmente o por sí solos. La lluvia parece detenerse y luego reinicia. Marina no lo piensa dos veces. Cuando vuelve a entrar bajo techo ya se ha encargado de recoger un poco de agua en baldes y bateas, con la ayuda de escoba y recogedor. Se cambia las sandalias porque se han mojado, y cuelga una bata que ha usado para protegerse de la lluvia.

Doce y media de la madrugada. Lisy acaba de llegar. Minutos antes, Marina y yo observábamos lo desproporcionado de los nuevos charcos de agua en el patio. Mi vereda nuevamente está inundada y amenaza con entrar a mi cuarto. Llevar sandalias no parece lo más apropiado para comenzar a baldear, así que pienso en mis zapatillas que están allá dentro en mi cuarto. Lisy lleva zapatillas. Le advertimos que no prenda la luz del patio porque es peligroso. Además, la última vez que presioné el interruptor, el foco parecía no alumbrar demasiado. Marina fue a buscar la linterna. Al poco rato, mientras Lisy barría el agua, Marina y yo observábamos desde el pasadizo alumbrando con la linterna. Se sintió una brisa helada y las gotas resbalaban casi sobre nosotras, por la pared de la puerta abierta.

-¡Qué rica la lluvia!

Marina sonrió.

-¡Hoy es luna llena!, recordé.
-No, fue ayer, dijo Lisy.
-Es el 7, repliqué.
-Pero desde ayer estaba llena...
-Ah, entonces es mañana, dijo Marina.
-Por eso, ya es hoy. Llueve y es luna llena...
-...
-¡Oh lluvia!!, digo extendiendo los brazos.
-¿Qué hacemos, magia?, dice Marina.
-Magia hice ayer, estuve bailando, ves? Habrá sido la danza de la lluvia.
-Ah, por eso está lloviendo.
-Así es. 
-...
-¡Oh lluvia!!! En luna llena!

Reímos.

viernes, 3 de febrero de 2012

Ramses. Una fría estatua de piedra. (II)


Karina estaba entusiasmada. Mientras que al principio habían conseguido reunirse al menos una vez al año para una buena charla, hacía dos o tres años que no se había encontrado con Renata, su más antigua amiga y confidente de la época de la universidad. Además, también Carlos había aceptado la reunión y eso lo hacía más interesante.


Una buena charla! Karina a menudo extrañaba una buena charla. Con Renata, siendo estudiantes, sostenían interminables conversaciones donde compartían experiencias y procuraban comprender el mundo desde su inexperta visión. Un tiempo después sería con Carlos con quien compartiría esos momentos. Al llegar a este punto de sus reflexiones Karina se detuvo. Intentó recordar el tenor de las conversaciones con Carlos. Sabía que con Renata sus diálogos eran equilibrados, intercambiando información y bromas, en ocasiones a un ritmo veloz . Con Carlos en cambio, le parecía recordar que era él quién dominaba los diálogos, contándole historias sobre su trabajo, sobre su familia, sobre sus amigas, sobre su pareja. Era curioso que lo recordara así; después de todo, ella tenía fama de hablar demasiado y no era coherente que recordara haber cumplido más el papel de oyente en su relación con él.


Después de una semana Carlos no se había comunicado, y debía hacerlo. Cuando Karina le escribió insistiendo por segunda vez, él continuó evadiendo la reunión. Si había aceptado en un comienzo, ¿por qué de repente parecía querer alargar y complicar más el encuentro? Entonces Renata recordó aquella vez, cuando después de años sin tener mayor contacto volvieron a frecuentarse por medio de internet. Habían intercambiado algunos e-mail y él sugirió que debían reunirse para conversar. -Una buena charla, genial! -pensó ella. Quedaron en reunirse el siguiente fin de semana. Sin embargo, un día antes, le escribió excusándose pues tenía una reunión programada para ese día y le propuso postergarlo para el siguiente viernes. Ella aceptó pero no tuvo que esperar mucho para recibir otra postergación vía otro e-mail.


Karina:


Mil disculpas, como el sabado es dia del trabajador, debo salir con mi equipo de trabajo la noche del viernes. Se sacan la mugre, corresponde una salida.


Coordinemos la fecha, nuevamente disculpas,


Saludos!!!


Carlos.


Nunca se reunieron para conversar y Karina casi había olvidado el episodio. Como casi había olvidado aquella vez que tenía tantas dudas en la cabeza que al verlo en línea, y a pesar de que ya no le tenía la confianza de su época de estudiantes, procuró su atención haciéndole una pregunta que la pudiera ayudar. Él se excusó diciendo que en aquél momento estaba demasiado cansado. Que otro día podían conversar, pero que no fuera tal día porque debía dictar clases hasta tarde, pero que el siguiente a ese estaría bien. 


Habían sido tan buenos amigos, pensó ella, que parecía inmune a recordar las veces que él le había fallado anteriormente. Aunque si continuaba haciendo memoria, esa había sido la base de su demasiado prolongada relación amical.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Ramses. Una fría estatua de piedra. (I)




-Aló.
-Aló. Kari? Es Magda, cariño, ¿cómo estás?
-Hola Magda. Bien, y tú que tal? ¿Qué cuentas?
-Te llamaba por la visita que te tengo pendiente. ¿Cuándo paso por tu oficina?
-Cuando quieras. Mañana estaría bien.
-Okidoki, voy mañana... Ah! Por cierto, a que no adivinas a quiénes vi ayer.
-Mmmmm... Pues no... ¿A quiénes?
-Vi a tus amigos del alma almorzando juntos, a Carlos y Renata.
-Así... ¿Cuándo... ayer? ¿Y los saludaste?
-Sí, ayer. No, apenas los vi pero no pude acercarme a saludar, sabes, tenía una prisa! Solo alcancé a ver que se les veía muy alegres, eran puro jajaja...
-Bueno, Renata siempre está de buen ánimo y Carlos... 
-¿Entonces ustedes aún se frecuentan? -interrumpió Magda -Ese muchacho, tiene historia...
-Sí, así es, a estas alturas todos tenemos historia. 
-Tienes razón. Bueno, querida, no te molesto más. Nos vemos mañana.
-Te espero mañana. Bye.


Karina apretó el botón de finalizar llamada y respiró hondo. Era inútil negarlo, un profundo resentimiento había anidado en su interior. Parecía tan lejano el día aquél en que se encontraba del otro lado de la historia.


Aquella tarde se encontró con Carlos y lo acompañó de compras a Polvos Rosados. Hacía poco habían terminado los trabajos en la casa de él y estaba buscando piezas para decorar su dormitorio. Se detuvieron a ver unos cuadros. Karina recordó la pintura que más le impresionó, un hermoso unicornio con un fondo verde en tono pastel. Carlos también lo miró y le dijo -Si fuera más joven quizás compraría ese, pero creo que ahora necesito otra cosa. -Ella estuvo de acuerdo. -Definitivamente, ese no es para ti -le dijo sonriendo. Caminaron un poco más y entonces se encontraron con aquél otro muchacho.


-¿Cómo es que se llamaba? -se preguntó Karina. 
-Oscar. Creo que falleció -se dijo a sí misma, mientras continuaba recuperando sus recuerdos. 


Oscar los miró asombrado, -Hola! -saludó con una amplia sonrisa. -Hola! -le respondieron ellos sin mayor comentario y siguieron cada cual su camino.


Carlos terminó sus compras y Karina decidió ir a la universidad. Una vez ahí encontró a un buen grupo de sus compañeros en un salón, pasando el tiempo, y se unió a ellos. Otros más fueron llegando y se situaban frente a las carpetas conversando entre todos. En eso, llegó Oscar haciendo un anuncio.


-Adivinen a quienes acabo de ver!


Karina permanecía sentada, oculta detrás de algunos chicos.


-¿A quién? -respondieron en coro varios.


Entonces Karina se inclinó a un lado y Oscar la vio.


-Ah! Ya regresaste.
-Sí, ya regresé -le dijo ella mirándolo fijamente.


Todos debieron entender a quién había visto Oscar, y quizás también con quién la habían visto. Después de todo, las suposiciones y los rumores ya debían de haber surgido mucho antes. Nadie insistió en querer saber más y Oscar se acercó nervioso a Karina y comenzó a conversar con ella sobre un tema que a ella poco le importaba.



martes, 20 de diciembre de 2011

Soy el Grinch.


Cuando éramos pequeñas, mis hermanas y yo recibíamos regalos por Navidad. No eran una sorpresa ni los traía Papa Noel. Al igual que algunos otros fin de mes, en diciembre mis padres cargaban con sus hijas, y se dirigían al supermercado más cercano a su trabajo a realizar las compras respectivas. A fin de año eso significaba que podíamos escoger nuestros juguetes.


De aquella época recuerdo mi regalo favorito. Un rombecabezas múltiple formado por cubos pintados, donde cada lado del cubo armaba una figura diferente. Mi imagen favorita, un mar repleto de peces, fondo marino azul y peces de colores, lo armé muchas veces solo para gozar con la visión de los colores. El que busqué menos veces era un gato blanco jugando con un ovillo de lana en fondo naranja, sabía que existía pero a menudo lo evitaba.

En algún momento, ya no quedaban más infantes en casa y perdimos la costumbre de ir de compras antes de Navidad, al menos para escoger regalos. La semana previa se armaba el nacimiento, lo cual cada año fue tornándose una labor demasiado engorrosa para que nadie quisiera comenzarla, y la noche misma disfrutábamos panetón y chocolate, además de la cena. La máxima diversión siempre fue reventar sartas de cohetones en la calle, lo cual hacía mi padre, mientras con mis hermanas y mi madre jugábamos con las "chispitas Mariposa". Se saludaba a los vecinos y luego cada cual a su casa.

Hace unos cinco años a mi madre se le ocurrió que quería un Árbol de Navidad para fiestas. Por supuesto, compramos un árbol, y adornos, y lo armamos. Lo que no habíamos reparado, ni siquiera por las películas de temporada, es que debajo del árbol es donde se colocan los regalos.

Cuando conocí a mis primas, por la misma época, me resultó evidente que la costumbre navideña es comprar regalos e intercambiarlos entre los miembros de la familia. En realidad siempre lo había sabido, pero no era nuestra costumbre y no parecía necesario para hacer mejor nuestra Nochebuena. Algunos niños que se cruzaban en nuestras vidas recibían regalos de nuestra parte. En otras ocasiones fue con los grupos de amigos o en el trabajo, donde se realizaban intercambios de regalos. Sin embargo, en casa fue siempre secundario.

Con el tiempo hemos dado en comprar un presente por fiestas, a veces sí, a veces no. Es una sorpresa. No todos lo hacemos, y no siempre, así que no hay decepciones si no recibimos nada. Lo mejor, lo importante, es nuestra unión familiar.

Este año, las circunstancias me han situado en una situación donde deberé hacer de Grinch, única representante del espíritu anti-navideño, a mucha honra.

Supe, pues corrían voces, que este año se organizaba un intercambio de regalos en el trabajo. Cuántas veces deseé que eso ocurriera, parecía tan divertido. Debe serlo, cuando no existen rencillas tales que me impedirían actuar con libertad y buena voluntad al momento de escoger un regalo, o recibirlo, de alguien a quien me unen las conveniencias sociales y poco o ningún afecto.

Días antes fue enviado el espía usual, a preguntarme si sabía algo al respecto y si pensaba participar. Aunque mi costumbre ante sus anteriores avances es jugar con él mientras no le confieso nada, esta vez opté por el sano camino de decirle que no me habían dicho nada y tampoco estaba interesada. Llegado el día del sorteo enviaron al segundo puesto de avanzada, y su pregunta fue: -Di sí o no -por supuesto dije no, aunque no sabía que se refería al asunto del intercambio. A continuación preguntó si quería participar y nuevamente dije -No.

Mas allá de que estas fechas sean de paz y amor, y que el perdón es una gran cualidad. No me siento capaz de sonreir amablemente con quienes aún he de batallar, pues siento lo que siento y ellos son quienes son.

Quizás algún día sea una mejor persona, pero estas navidades seré El Grinch.


miércoles, 19 de octubre de 2011

Mi misión en la vida.

Hay personas en este mundo que tienen claro cuál es su misión. Al menos, eso me han hecho creer. Además, es del consenso general que cumplir esa misión es lo que le da sentido a nuestras vidas. Lo que nos hacer SER completos y no "ser", a medias. Así, ya desde los primeros años nos vamos forjando un camino por la vida que nos llevará a reconocer nuestra misión. A los primeros estudios siguen otros aprendizajes, y de esa manera hay quienes encuentran en sus propias ocupaciones su objetivo primordial. Me inclino a pensar que no son la mayoría.

Entre las muchas lecturas que tenía a la mano siendo pequeña, leí la historia de Moisés. En esa versión la princesa egipcia tomaba al bebé entre sus brazos, después de ser sacado del río, y lo llamaba Moisés diciéndole que su misión en la vida debía ser grande pues había sido rescatado de una muerte segura. Aquella fue la primera vez que tuve consciencia de que las personas nacemos con una misión, y también la primera vez que pensé en cuál sería la mía.

Recuerdo que aún me encontraba estudiando, muy a mi pesar pues ya había descubierto que en realidad no me gustaba estudiar, cuando hablando con un amigo llegamos a la resignada conclusión de que yo me encontraba entre los miles de personas, quizás millones, que simplemente no sabían qué hacer con su vida. No podía imaginar cuál sería mi misión. Él no tenía ese problema. Él tenía claro que debía trabajar, ascender, conseguir una jefatura antes de llegar a los 30, y que si bien el dinero no hacía la felicidad, bastante y mucho que ayudaba, así que pretendía adquirir todo lo que pudiera para asegurar su bienestar.

Con el tiempo entendí que en ocasiones la misión de una persona se corresponde con su rol en la sociedad. Así, la misión de los padres es criar y sacar adelante a sus hijos, la del maestro guiar nuestros pasos y moldear nuestro intelecto, la del policía proteger a los más débiles y propiciar el orden. Cuando esta misión se realiza de manera que excede su rol, sirve incluso de inspiración para otros.

Por otro lado, conociendo que existen misiones personales más sobresalientes y admiradas, como la de Moisés guiando a su pueblo, y aceptando que la finalidad de encontrarle un significado a su vida consiste en llevar a la persona al máximo de su desarrollo como ser individual, ¿qué ocurre con aquellos que no encuentran fácilmente este iluminado camino? ¿En realidad estamos rodeados de seres incompletos que no le han encontrado un sentido a su vida y por lo tanto no alcanzarán su realización personal? ¿Es acaso que encontrar nuestra misión es solo un mito o una inquietud de la cual nos debemos desembarazar para vivir más tranquilos?

Por mi parte, he cesado en la búsqueda. Estoy consciente que no será en mi actual ocupación donde he de encontrarle un significado “mayor” a mi vida, y seguramente no será guiando un pueblo donde encuentre aquello para lo que vine a nacer. Sin embargo, me resulta simple saber que hay cosas para las que soy bastante buena y que aquello que podía hacer, cuando ha sido el caso, lo he hecho y ha estado bien.

He encontrado también que mi misión no tiene que ser especial, sobresaliente o reconocida. Sabiendo que me resulta bastante difícil tan solo permanecer en este mundo, rodeada de esta realidad que me ahoga, he aceptado como misión el existir saboreando al máximo la experiencia de estar viva. Para alguien como yo; viviendo siempre en las nubes, con la cabeza en la luna, pensando a menudo en la inmortalidad del cangrejo o la interesante vida de las musarañas; no es fácil, tan solo vivir. Así que esa es mi misión, eso es lo que le da sentido a mi existencia: Vivir aquí, ahora, aceptando cada experiencia, procurando aprender cada lección. Tan solo vivir.